
Seguí un buen consejo. Envié un par de e-mails. Algunos días después recibí una llamada. Había ganado el primer premio del III concurso de microrrelatos “Universos mínimos” de la Universidad de Salamanca. Al margen de “Jeromín” (un concurso de cuentos donde quedé finalista con 13 años) y alguna cosa más (muy pocas y muy poco importantes, en todos los sentidos), es la primera vez que me he levantado a recibir un premio en una sala donde un hombre con corbata me daba la mano. Hago uso de toda mi arrogancia y prepotencia (que también la tengo, faltaría más) para decir con orgullo que me he sacado una espina que me dejó un tal Marcos, que no me pareció ni mucho menos santo.
También he tenido que leer. Gracias a que eran microrrelatos, el mal trago también ha sido micro. No tengo vergüenza a hablar en público, pero empecé a escribir porque se me daba mejor que hablar.
Un miembro del jurado, una señora argentina que hablaba “varias voces” mejor que yo, comentó algo sobre la intensidad y la fuerza de los relatos con tan pocas palabras. Cuando casi todos marcharon me hizo sentir bien. Me habló, a parte, del nivel de todos los relatos, lo difícil que era destacar entre ellos y el consenso de todo el jurado en que sería yo el ganador. Es agradable escuchar cosas así. Es muy agradable escucharlas en acento argentino. También me resulto gracioso que creyese que era poeta por mi modo de escribir. Aún estoy decidiendo si lo que quiero llegar a escribir es “proesía” o “escrultura”. Mis palabras de agradecimiento en ese rato fueron más que las que componían mi texto. Lo transcribo aquí con la certeza de que no aburrirá a nadie. Pero que nadie se equivoque, no es un relato corto, es sólo el detonante de una larga historia que habéis de crear en el instante de leerlo. Los mejores fragmentos son los que no están escritos:
CUENTO DE BUENAS NOCHES
No recuerdo ni una palabra, pero aquel tono de voz, sentado al borde de mi cama, sigue siendo mi cuento favorito.